Yatskovschina — San Francisco — Yatskovschina

Los descendientes del abuelo Pavliuk de un pequeño pueblo belaruso, situado en la frontera del municipio de Liahóvichi (provincia de Brest) y el municipio de Kletsk (provincia de Minsk) viven también en otro lado del Océano Atlántico, pero les encanta regresar a la tierra de sus ancestros

Los descendientes del abuelo Pavliuk de un pequeño pueblo belaruso, situado en la frontera del municipio de Liahóvichi (provincia de Brest) y el municipio de Kletsk (provincia de Minsk) viven también en otro lado del Océano Atlántico, pero les encanta regresar a la tierra de sus ancestros
Los descendientes del abuelo Pavliuk de un pequeño pueblo belaruso, situado en la frontera del municipio de Liahóvichi (provincia de Brest) y el municipio de Kletsk (provincia de Minsk) viven también en otro lado del Océano Atlántico, pero les encanta regresar a la tierra de sus ancestros

A finales del último milenio todos tuvieron que pensar más a menudo: ¿qué es el tiempo? Y ¿qué se quedará, cuando sus olas nos van a llevar al lugar, de donde no regresan jamás? Fue especialmente conmovedor para mí en ese momento ver cómo no sólo los seres humanos, sino también los pueblos caen en un olvido. Estoy hablando de su pueblo natal, Yatskovschina. En el momento, cuando el pequeño pueblo de unas treinta casas pasaba al siglo XXI, sus características más distintivas de los tiempos pasados fueron: el abuelo Pavliuk, a quien los aldeanos por su edad respetada llamaban el abuelo de cien años, así como los el resto de Dubnik: el jardín de robles.


Y también un arbusto en la calle del pueblo que no significaba nada para la gente ajena y a mí me causaba recuerdos sobre los acontecimientos lejanos. En un tiempo, el arbusto crecía en el patio de mi abuelo, Yuzik Frántsevich y su esposa, Eva Аndréevna. Pero en verano de 1959 sucedió una gran tragedia: tras un fuerte relámpago en el pueblo comenzaron a arder seis casas y se quemaron muy rápido como velas, porque era época muy seca. Mis padres lograron sacar a mi hermanito de dos años, que dormía en su cuna, así como un objeto, que permanecía en la mesa: el cenicero de vidrio. El resto se quemó por completo. Y aquel arbusto, de que he contado. Pero la fuerza de la vida nuestra es evidente: en primavera, contaban los ancianos, en el lugar del incendio comenzaron a salir brotes y el arbusto renació. Pero las nuevas casas no fueron construidas en aquel lugar: a las familias –que se quedaron desalojadas– las autoridades locales ofrecieron la madera y el espacio para construir casas nuevas detrás de las vías ferroviarias que pasaban de Baránovichi a Slutsk. Así aparecieron las casas en el pueblo de Nueva Yatskovschina, situado entre el municipio de Liákhovichi y Kletsk. Allí nací yo un año y pico más tarde después de aquella tragedia, en una familia de los nuevos vecinos…

A esta altura, ya no está el abuelo Pavliuk, no existe Dubnik, ni tampoco aquel arbusto…


Pero yo pude escribir sobre el abuelo Pavliuk aún vivo en un pequeño artículo, “El abuelo y los robles”, publicado en la revista, “Belarús”. Más tarde, el texto fue republicado en el periódico, “Noticias de Liákhovichi”. “Muy a menudo él miraba por a las afueras del pueblo, al campo, sonde se ponía el sol por la tarde, donde del gran Dubnik se quedaron sólo varios robles”, así escribía en la revista del mes de noviembre de 1998. Recuerdo que yo hacía fotos de los lugareños, mientras un abuelo delgado, pero aún fuerte, en un gorro viejo cuidadosamente recogía el viejo heno junto a un cerezo. Él tenía más de 90 años. Y sobre “la receta de una vida tan larga” del abuelo, cuyos ancestros, dicen, servían antes de la revolución de 1917 en San Petersburgo, en el palacio de imperador, lo contaba la hija del abuelo Pavliuk, Marusia. Contaba que él no se preocupaba por nada. Ahora pienso que si el abuelo Pavliuk hubiera reaccionado de otro modo, nunca viviera tantos años. Pues tuvo que sobrevivir revoluciones, guerras, colectivización (su familia tenía su propio molino). Pável Fiódorovich nació según papeles oficiales, en 1903, aunque me contaba también sobre la fecha del 28 diciembre de 1898. Entonces el pueblo de Yatskovschina formaba parte de la Rusia zarista. Luego esta tierra estuvo bajo el poder de los “primeros Soviets”, de los “primeros alemanes” (durante la Primera Guerra Mundial). Además de eso, este pueblo estaba bajo la ocupación de polacos blancos (a partir de marzo de 1921 hasta el 17 de septiembre de 1939). Hubo también el segundo período soviético, luego la ocupación alemana y el tercer período soviético (el pueblo fue liberado de tropas de enemigo en julio de 1944). El abuelo Pavliuk sobrevivió también la “perestroika” de Mikhail Gorbachev y en 2000 falleció en la República de Belarús entonces ya independiente. Vivió 97 años. Está enterrado junto a la tumba de su esposa en el pueblo de Gúlichi.

Este recorrido al pasado lo hago para que ustedes, estimados lectores, entiendan, por qué me ha impresionado mucho la llamada telefónica de San Francisco, así como la carta dirigida a la redacción bajo el título, “Raíces y hojas”, que me envió mi paisano, Alexei Zhdanóvich, que vive al otro lado del charco. Hasta entonces no hemos conocido uno а otro. Él tiene recuerdos sobre la infancia y juventud a mi padre. Desde hace mucho yo sabía que el hijo menor de Pavliuk se casó con una mujer georgiana y vivía en Тbilisi”. En algún momento escuché hablar que a “la casa de Marusia venían los visitantes de Norteamérica”, y ellа mismа, riéndose, acordaba con qué apetito los norteamericanos “comían” su sopa y panqueques de papas. A propósito, especialmente para los visitantes, su esposo, Alexander, hizo un baño de verano en la casa y calentaba el agua para los visitantes, que estaban acostumbrados de tomar ducha cada mañana… Más adelante viene el texto de Alexei Zhdanóvich casi sin ningún cambio. A propósito, el pueblo de Yatskovschina es el lugar, donde han nacido muchos Zhdanóvich: en el pueblo vivían ocho familias con este apellido. A mí me agrada mucho que lo he escrito hace bastante tiempo, ha sido preservado. Y que mis paisanos están vinculados fuertemente con su tierra natal.

Los momentos memorables de visita de Yatskovs hchina fueron fijados por los huespedes de California. Pero todo lo que ellos encontraron en estos lugares marvillosos quedaría grabado en sus memoria y cada año les llamaría en los lugares remotos belorusos

“Raíces y hojas”

Buenos días! En su tiempo en la revista, “Belarús”, fue publicado un pequeño artículo con fotos de Iván Zhdanóvich hechas en su pueblo natal de Yatskovschina, ubicado en la provincia de Brest. El artículo contaba sobre el robledal de cien años y su contemporáneo: el abuelo, Pavliuk. Y yo soy su hijo menor, Аlexei Zhdanóvich.

Casi 60 años atrás, después de graduarme de la escuela secundaria en Zharabkóvichi, yo partí de mi tierra natal. Primero estudiaba y luego trabajaba en Kíev, Poltava y Tbilisi. Los últimos quince años, al jubilаrme, vivo en los Estados Unidos, en la ciudad de San Francisco. Aquí se casó mi hija, Маría. En realidad, todos los años antes del derrumbe de la antigua Unión Soviética, yo pasaba por la casa de mis padres, por lo tanto, siempre mantenía el vínculo con mi tierra natal. Pasaron los años y yo volví a visitar mi pueblo natal ya junto con mis nietos, Sava і Аlexander, que tenían 9 y 4 años, respectivamente.
 
Lamentablemente, las personas, así como los robles no son pirámides de Egipto, todos nosotros sentimos como nos acaba el tiempo. Mi padre ya falleció. Tampoco vive el abuelo Pavliuk y los últimos robles fueron sacados, pues junto al pueblo de Yatskovschina fueron llevados a cabo los trabajos de regado... Me duele mucho, que en el lugar de Dubnik pequeño, pero muy pintoresco y acogedor, donde me gustaba tanto admirar la puesta del sol por la tarde, ahora está el campo y en el mismo pueblo de Stáraya Yatskovschina se quedaron abandonadas de cinco a seis casas. Pero no puedo hacer nada: pasó lo que debería pasar, lo que sucede por todos lados: la corrida del tiempo y el paso de la civilización industrial y agraria hacen su cosa.

Aseguro que debería ser así, pero mi corazón no lo acepta… A propósito, yo sé que cada primavera en el lugar del antiguo robledal salen y se extienden hacia el sol eterno los brotes verdes de jóvenes robles. Los apoyan fuertes raíces que incluso ahora siguen creciendo en la profundidad de la tierra. Nosotros, las personas, también conocemos nuestras raíces y trаtamos de preservarlas, no importa donde estemos. Por lo tanto, el abuelo Pavliuk y su esposa, muy buena abuela Коtra-Yekaterina no desaparecieron. Para el asombro y felicidad, sus descendientes resultaron ser la gente fuerte y emprendedora. Мis queridos nietos, al conocer la tierra de sus abuelos y bisabuelos, en seguida se unieron al mundo de Yatskovschina tan inusual para los norteamericanos de hoy. Se puede decir metafóricamente: ellos “han descubierto su propia Norteamérica” en mi querida Yatskovschina. Con eso, Sava y Аlexander se convirtieron en un eslabón fuerte y natural en la corrida del tiempo sin parar, en aquel estilo de vida, que a lo largo de siglos se formaba en este encantador pueblo querido por decenas de personas bondadosas y por el mismo Dios nuestro Señor. Con mucha alegría y entusiasmo los chicos cubiertos de polvo corrían por una suave hierba de las calles del pueblo. Mirando a mis nietos, yo regresaba una y otra vez a mi infancia lejana y en mi mente se revivían generaciones de chicos de Yatskovschina: antes y después de mi...

Me gustaría creer que este hilo del tiempo nunca se rompa. Nos recibió con amor en la casa paternal mi querida hermana, Маrusia, con su esposo, Аlexander. Nosotros nos alojamos también en la casa vecina que se quedó abandonada. Мe sorprendió mucho que Sava y Alexander se sentían fasciandos por el ritmo bastante lento de la vida en el campo, de las cosas muy sencillas, de todo lo que creaba la imagen incomparable del pueblo de Yatskovschina, donde pasé mi infancia y juventud, de las cuales poco a poco dejé de acordar, así como del mismo estilo de la vida cotidiana de aquí. Incluso las fotos reflejaban las caras de aquellos chicos felices corriendo por los senderos del pueblo de Yatskovschina.

Y hace falta tomar en consideración que Sava y Alexander son típicos chicos norteamericanos: globalizados, urbanizados y computarizados. En mi opinión, ellos están sobrecargados con juegos virtuales, atracciones, velocidades, мotores, efectos especiales: de todas las cosas negativas y positivas de la moderna civilización. Me agradó mucho el hecho de que mis nietos regresaron al tiempo de mi infancia. ¡Era todo un milagro! ¿Qué relámpago les golpeó, de qué tiempo y mundo? A mi parecer, es alguna mística de la vida, el gran secreto del alma humana. Pero se pone evidente que para ellos el problema de autoidentificación fue solucionado en seguida y para siempre, sin reflexiones filosóficas, politológicas y otras intenciones de buscar idea nacional. Ellos se sintieron muy cómodos en Yatskovschina sin prestar mucha atención a las reflexiones nacionales y el lenguaje, prendas nacionales, colorido no apropiado en los departamentos en las ciudades y otros atributos pseudopopulares.

¿Por qué he tomado la decisión de escribir esta carta? Para compartir mi alegría: cuando este verano mis familiares analizaban el plan de viajes, mis nietos ya crecidos, sin pensar mucho, nombraron la ruta más importante, según ellos: Belarús, Yatskovschina. Aunque ellos tienen una oportunidad de visitar lugares más atractivos y populares, lo que ellos hacían antes, hasta descubrir para sí mismo la lejana patria de sus bisabuelos y que se hizo muy cercana para ellos.

Creo que precisamente el encuentro con la tierra de sus ancestros dio un impulso interior a mi nieto mayor, Sava, que lo hizo ingresar en la escuela especial con el aprendizaje de la filosofía budista. En el alma del chico se despertó la necesidad nostálgica de cada uno de nosotros de entender todo el milagro de lo bueno y lo malo, recuerdos y odio, fanatismo y tolerancia. Мi nieto quiso comprender valores, que elevan a las personas por encima de las barreras que las dividen por nacionalidad y religión: por encima de todas las cosas, que no nos permiten ser la gente humilde y los niños de la milagrosa Madre nuestra Tierra. Para seguir con insistencia principios de humanismo y normas del Estudio Eterno Sava tuvo el honor de invitar al líder espiritual de budistas, Dalai Lama, cuando este estuvo en San Francisco en febrero de 2014. Parece que mi nieto menor siga el camino de su hermano. Imaginen que interesante viraje fue causado por conocer el nido ancestral en la tierra belarusa. Belarús con sus maravillosas fiestas paganas, fuertes tradiciones cristianas y su cercanía al Dios en su alta sencillez de Yatskovschina es un Tíbet del otro planeta.

Por alguna razón estoy convencido de que su bisabuelo, Pavliuk, verdadero campesino, filósofo de la tierra, cristiano en varias generaciones, entendería a sus descendientes norteamericanos y bendeciría a Sava y Alexander para emprender un camino difícil, pero iluminado por muchos seguidores, el camino hacia el Templo Eterno de la Bondad y Verdad.

Con mucho respeto Alexei Pávlovich Zhdanóvich Estados Unidos, San Francisco, 2014”

Pero algunos obstáculos impidieron a los parientes de San Francisco visitar querida Belarús. Por mi pedido Alexei y su hija, María, me enviaron por el correo electrónico el texto escrito en letras latinas, “Información adicional sobre la familia de Pável y Yekaterina Zhdanóvich”. Así que he podido conocer muchos datos muy interesantes.


Mikhail Zhdanóvich, el hijo mayor del abuelo Pavliuk, hace mucho tiempo, aún en los años setenta del siglo pasado, trabajó de profesor en el Instituto de Ingenieros de Aviación Civil de Kíev, Ucrania (a esta altura, es la Universidad Nacional de Aviación — Aut.) El doctor en ciencias y catedrático. A pesar de su edad avanzada –en noviembre de este año Mikhail Pávlovich cumplirá 80 años– él sigue dando clases. Hace falta señalar que por su consejo en su tiempo algunos de mis compañeros más inteligentes de Yatskovschina obtuvieron buena “educación en la esfera de la aviación”, incluso mi primo, Igar Zhdanóvich (ahora está trabajando en Gómel), Міkhail Gaspadynich (en Minsk), Yury Кruglik (en Кíev). De eso sería mejor preguntar a nuestro paisano en persona. Lo recuerdo un poco. Cuando yo con mi padre en la cosechadora de grano a mediados de los años setenta del siglo pasado trabajamos en Yatskovschina, un hombre se nos acercó, nos saludó y luego mi padre con mucho respeto dijo, mostrando a su amigo de infancia bien educado: “Tienes que estudiar, hijo. Luego vas a pasear en verano en short y no tragar un polvo, como hacemos ahora…”

El hijo mayor del catedrático de Kíev, Zhdanóvich, Аndrei, durante mucho tiempo voló de ingeniero a bordo en los aviones de aerolíneas ya Yakutia. “Durante los últimos diez años está trabajando en Moscú y se ocupa de transporte de cargas, ocupando el puesto de vicecomandante del avión Boeing 747, me escribieron de San Francisco. Vuela a diferentes países del mundo: de Shanghai y Hong Kong a Chicago y Los Ángeles. Lo conocemos, pues en marzo de 2014 mi sobrino, Andrei, nos visitó con su esposa y su hijo, Kirill”.

El hijo menor del catedrático se llama Pável, al parecer le hayan dado este nombre en honor del abuelo Pavliuk. “Este es un verdadero prodigio, leemos en la carta de Alexei. Terminó la facultad de elite en el Instituto Físico y Técnico de Moscú justo antes del colapso de la antigua Unión Soviética. Luego regresó a Kíev y creó una empresa de informática que se dedicaba al desarrollo de programas de software. El volumen de ventas anual era de unos 10-15 millones de dólares norteamericanos. A esta altura, la empresa, “SOFTPROM”, cuenta con oficinas y clientes en diferentes ciudades del mundo: desde Astaná, Tbilisi, Moscú hasta Viena y Los Ángeles. A propósito, en Minsk, hay también su representante. Mi sobrino, Pável, a menudo visita por el trabajo los Estados Unidos y viene a nuestra casa, pero normalmente él vive “entre Kíev y Viena”.

A su vez, Vasil Zhdanóvich, hijo mediano del abuelo Pavliuk, se quedó para vivir en su tierra natal: trabajó como conductor, y su esposa en la oficina de la granja colectiva. Precisamente él llevaba nuestro grano a la granja agrícola, “Belarús”. Mi padre era amigo del tío Vasil, al cual por su altura grande se le decían Delgado. Después del trabajo los hombres se sentaban y hablaban, tomaban una copita. Ya no hay ninguno de los dos... “Después de la muerte de Vasil Pávlovich el vínculo con sus descendientes se rompió parece para siempre, escribe Alexei en su carta. Svetlana y Sergei, sus hijos, una vez obtenida la educación superior, formaron sus familias y se instalaron en Minsk”.


María es la más joven de los hijos del abuelo Pavliuk y la abuela Yekaterina. Estudió en Kíev, durante mucho tiempo trabajó allí y luego regresó con su familia a Belarús para estar junto a sus padres y cuidarlos. Ahora vive con su marido ucraniano en Yatskovschina. Su hijo mayor, Sergei, se graduó de la Universidad Nacional de Aviación, vive y trabaja en Kíev. El tío, Alexei, escribe que la esposa de Sergei es la poetisa y sus dos hijos, Fiodor y Stepán, son escolares. El segundo hijo de María, Mikhail, se graduó de la escuela militar y trabaja en Kletsk y vive cerca de sus padres.

“Sólo tengo una hija, María, escribió al final Alexei Pávlovich. Se graduó con honores de la Universidad Nacional de Tbilisi y luego cursó estudios en la Escuela Internacional de Negocios en Los Ángeles. Actualmente comparte el negocio –que no se le ocupa mucho tiempo– y el cuido de sus dos hijos. Mi cuñado, su marido es el doctor neurocirujano”.

A finales de mi carta me gustaría en el contexto del antiguo título, “El abuelo y los robles”, añadir: el abuelo Pavliuk y la abuela Yekaterina tuvieron tres hijos muy buenos: Mikhail, Vasil y Alexei, resistentes a los males de la vida, como los robles. La hija de Alexei, María, también lleva su vida con dignidad. Así que, la historia de la familia Zhdanóvich del pueblo de Yatskovschina tendrá buena descendencia: en San Francisco, Minsk, Kíev, Moscú, Kletsk... Y quién sabe: tal vez con el tiempo alguien de nuestra gente “de brotes” también en el Tíbet bajo el cielo...

Іván Zhdanóvich
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