Muñeca viva

Todos los días, Sergei Borisévich desde Gómel prende su viejo gramófono. Pone alguna obra clásica del siglo pasado y baila. No lo hace solo, sino con una chica bonita.
Todos los días, Sergei Borisévich desde Gómel prende su viejo gramófono. Pone alguna obra clásica del siglo pasado y baila. No lo hace solo, sino con una chica bonita. No sería nada extraño, si no fuera uno “pero”. Su compañera es una muñeca mecánica.


Estamos en la oficina de Sergei. Del gramófono se oye la voz de Claudia Shulzhenko. Junto a nosotros se encuentra una chica rubia con ojos grises que no se mueve. Es la muñeca que baila. Su nombre es El, en el idioma francés significa “ella”. En cuanto a su nombre, es una historia muy interesante. Por lo tanto, Sergei comienza a contarla: “Servía en el ejército en Mongolia, donde me enfermé de escorbuto. Mi cara se hinchó y el doctor dijo que hacía falta sacar dientes. Por suerte, por allí cerca se encontraba un campamento de alguna misión internacional y me atendí la doctora desde Francia. Cuando me sentí mejor, le prometí a aprender el idioma francés. En memoria de esta doctora, le di a mi muñeca un nombre francés”.

Sergei sujeta a la “chica” con un cinturón especial. La muñeca de 165 centímetros de altura y de seis kilos quinientos gramos no tiene equilibrio. Con la mano derecha Sergei sujeta a la “chica” y con la izquierda presiona botones, que están dentro de la muñeca. Así funciona el mecanismo, que permite cambiar la posición de sus manos, piernas, así como mover sus dedos e inclinar la cabeza. El artesano explica cómo ha hecho moverse a El: “Con el dedo meñique presiono el botón responsable por las piernas, con el dedo indicador el botón responsable por el hombro derecho, con el dedo anillo por el hombro izquierdo. El dedo medio controla la inclinación de la cabeza y el dedo grande todos los giros”.

A primera vista, se parece fácil manejar la muñeca. Trato de repetirlo, pero no me sale nada. Resulta que sin una buena preparación es imposible hacer moverse a El. Los artistas de un teatro checo pidieron a Sergei hacer una muñeca mecánica para su espectáculo. Cuando se dieron cuenta de lo que complejo era manejarla, pidieron hacer más sencillo el mecanismo. El artesano desde Gómel, admite, que es un comerciante malo y por lo tanto, les aconsejó a acudir a los chinos, que hacen cosas baratas y fáciles de manejar. Tenía derecho de hacerlo. Pues el mismo durante veinte años aprendía a manejar a El y ellos querían hacerlo en un día.

Sergei comenzó a hacer la muñeca en 1994, cuando trabajaba del decorador en el Teatro de Títeres de Gómel. Su amigo mago le pidió que le hiciera una asistente para el show. Para obtener aún mayor efecto, sus manos deberían ser “vivas”. Como una base Sergei puso prótesis. Dos años Sergei demoró en hacer un mecanismo que permitía mover la muñeca. Luego él tomó la decisión de ponerle las piernas. Adquirió en una tienda las imitaciones de las piernas femeninas, pero las dos eran izquierdas. Por lo tanto, se vio obligado a modificar una de ellas. “Al quinto año de trabajo, su amigo mago se rindió y pidió hacer a una asistente a otro maestro, sigue contado Sergei sobre la historia de su compañera de baile. Pero yo me metí con cabeza en este proceso y quería terminar”.

El cuerpo de la muñeca fue hecho de vidrio orgánico. “Es para que se vea el mecanismo, dice el artesano. Pues es un mecanismo muy complejo e interesante. Y la gente tiene que verlo”.

Sergei tuvo que calcular proporciones ideales para el modelo. Empezó a mirar atentamente a las actrices que venían al taller. Las mujeres tomaban este interés como una señal de cortesía. Y una de ellas incluso decidió que su colega quería casarse con ella. Por lo tanto, Sergei se vio obligado a explicarle la causa verdadera de su interés. Era la muñeca. Eso no le gustó a la actriz y ella dejó de pasar por el taller.

La cabeza para El Sergei la compró en la tienda de pelucas: “Una vez ví en la tienda a un maniquí con los ojos abultados. Pregunté a la vendedora que le pasaba. Ella respondió que era una pieza mal hecha. Así que la pedí vendérmela. La mujer me la vendió por 50 dólares.

La muñeca El fue hecha en seis años. Una vez terminado el trabajo, el artesano decidió patentarla en Belarús y Rusia. “Entonces no tenía ni idea de que este proceso demoraría tres años, acuerda Sergei. Envié carta sobre mi invento y recibí la respuesta que ya había hecho por los chinos. Se trataba de los caballos y gatos de juguete, que se vendían en cada mercado. Pero no me rendí y describí bien detalladamente todas las diferencias del funcionamiento de mi muñeca y de objetos hechos en China. Y funcionó”.

De repente El comenzó a caer del sofá. Sergei en seguida la agarró. En veinte años, la muñeca con el cuerpo de vidrio cayó sólo en dos ocasiones. La segunda vez con consecuencias: la caída dejó en su cuerpo un agujero del tamaño de un puño.

— No quiero taparlo. Pues es una evidencia de mi traición, dice el artesano.

— ¿Traición? vuelvo a preguntar.

— Sí, mi traición, confirma. En una exposición de muñecas celebrada en el museo de Vetka uno de los visitantes hizo fotografía de la muñeca y la puso en Internet. Yo comencé a recibir llamadas desde Rusia con la propuesta de trabajar con la muñeca en el casino. Ella debía recibir a los visitantes del casino y ofrecerles las fichas. Empecé a soñar como iba a ganar mucho dinero. Y justo en este tiempo El cayó de su sillón y se dañó. Parece que no le gustó esta idea y ella no quiso ser parte del proyecto comercial. Además de eso, hubo otra propuesta muy interesante. Dos empleados de una empresa alemana pidieron a Sergei prestarles el mecanismo de la mano “viva” para fabricar una prótesis barata y cómoda. “Una vez analizado el tema de contrato, los empresarios nunca más aparecieron”.

Por lo tanto, Sergei nunca logró ganar dinero, pero siempre estaba en el centro de atención de conocidos y extraños. “Cuando salimos con El a la calle para hacer fotos, los transeúntes la miran muy atentamente. He aprendido a bailar con la muñeca y ahora me invitan a participar en los conciertos. Una vez vine con El a una actividad celebrada en la universidad de Gómel. Para evitar que ensuciara, le puse un mono, le cubrí la cara y le até las manos, pues así era más cómodo transportarla. La cargué al hombro. Se me acercaron las chicas estudiantes. Oí como una de ellas dijo: “Miren, esta chica no quiere estudiar, el señor la trae atada”.

Hubo un caso aún más cómico. El artesano trataba de enseñar a El a subir por la escalera. La vecina lo vio y de inmediato llamó a la esposa de Sergei, Natalia. Es actriz y persona muy creativa. Ella se puso a reír a carcajadas.

— ¿A propósito, cómo su esposa trata la muñeca?

— Muy bien, responde Sergei. La muñeca casi siempre está sentada en su sillón y no molesta a nadie.
— ¿Y qué dicen los demás?

— La mayoría de la gente me dice que soy loco. Dicen que con mi talento podría trabajar en Hollywood y ganar mucho. Miro a estos tontos y pienso: ustedes tienen plata, coches caros, etc. ¿Y qué? Yo tengo el proyecto de toda mi vida, que me agrada mucho.

Ekaterina Panteléeva
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