Trayectoria del destino

El jubilado de 85 años de edad de Minsk, Iván Vasílievich, se cura sin medicamentos, con la ayuda de automasaje

El jubilado de 85 años de edad de Minsk, Iván Vasílievich, se cura sin medicamentos, con la ayuda de automasaje. Es más, él ayuda a los demás a mantenerse en buena forma física.
El jubilado de 85 años de edad de Minsk, Iván Vasílievich, se cura sin medicamentos, con la ayuda de automasaje. Es más, él ayuda a los demás a mantenerse en buena forma física

85-year-old Minsk pensioner, Ivan Vasilievich, undergos a cure without pills — by means of self-massage. He also helps others to keep in good shape.
Iván Vasílievich

 Si usted tiene menos de cuarenta años, no necesita leer este artículo. Pues no podrá entender lo que significa levantarse por la mañana con un dolor, vivir con él durante el día y despertar del dolor por la noche... ¡Qué Dios nunca permita que usted mira el mundo a través del prisma del dolor insoportable! Las puertas de hospitales, clínicas, orfanatos, viviendas urbanas y rurales separan el dolor de la alegría de la vida de la gente joven. Pero todo a su tiempo. Así como la preocupación por su salud. Además de eso, algunas personas hasta sus cincuenta años no tienen ninguna enfermedad y les parecen, que han podido conocer el secreto de la eterna juventud “sin dolor”. Esta gente nunca podría entender la lógica de vida del jubilado, Iván Ignatenko, que durante casi un cuarto de siglo con éxito está luchando por su salud y contra su propia pereza, así como los dolores en varias partes de su cuerpo. Y si ahora Iván Vasílievich dice que no tiene dolor en ninguna parte, no es porque él es tan afortunado de vivir una vida larga y difícil con la infancia, que pasó en los tiempos de guerra, así como la orfandad. Todo el mundo sabe que la guerra mataba, hería y endurecía las almas.

Él recuerda muy bien, como el médico en el hospital ferroviario de Minsk le dijo una verdad muy cruel: “Iván Vasílievich, si no te cuidas, tu dolor en la espalda te llevará a una silla de ruedas. O incluso perderás una pierna: se encoge, y nadie, excepto tú mismo, no te podrá ayudar”. Y fue justo en el momento, cuando él entraba en la edad de jubilación. No quería compartir sus problemas con los médicos y familiares. No era su principio en la vida. Él creía que el mismo debe afrontar sus problemas, no quejarse y no ser un parásito y quejica…

Sin embargo, para tener el lema de su vida, es necesario mirar hacia el pasado. O, como se suele decir, hacia las raíces de su godo e investigar su carácter: ¿Cómo se formó? Vamos a empezar con eso.

— Ivan Vasílievich, sus familiares son fuertes en cuerpo y mente? De dónde viene su resistencia?

— Tengo muy buenas raíces. Mi abuelo, Luka, era un hombre muy fuerte, que vivió 95 años en la tierra ucraniana de Poltava, en el pueblo Krutki. Mi padre, Vasil Lukich, también era muy fuerte, trabajó durante mucho tiempo en la construcción de carreteras y murió a los 88 años de edad. Anteriormente, como sabemos, no había camiones volquete y se utilizaban caballos para llevar la tierra y arena y los carros en las canteras se cargaban con las manos. Se puede considerar un regalo del destino que nuestra familia en los años treinta del siglo pasado no murió de hambre en Ucrania. No recuerdo aquel tiempo, pues nací en 1928. Cuando tuve dos años, mi familia se mudó a Belarús, huyendo de hambre. Así que el pueblo belaruso de Nesiata –ubicado en el municipio Klíchev, provincia de Moguiliov– se hizo un hogar para nosotros. Mi padre trabajaba en este lugar: aquí en la primavera se rompió el puente de ferrocarril a través del río y fue arreglada una carretera de desvío. Mi padre pensó y decidió quedarse. Escribió una carta, y nos vinimos con mi madre, Eufrosinia Zakhárovna. En Belarús, nacieron mis hermanas y antes de ellas los hermanos gemelos, que no sobrevivieron. Es difícil sobrevivir en un tiempo de guerras y desastres.

— Antes del comienzo de la guerra su familia tuvo tiempo de echar raíces en Belarús?

Claro que sí, aunque al principio vivíamos en la casa rentada. Mis padres trabajaban en una granja agrícola. Con el tiempo, cuando en la construcción de carreteras comenzó a utilizarse la maquinaria, y mi padre tenía casi cuarenta años, él comenzó a trabajar en la administración de la granja, pues tuvo la educación de cuatro años. Antes de la guerra, compramos nuestra propia casa. Y vivíamos en la misma durante la ocupación. Mi padre no fue llamado al frente, aunque podría morir muchas veces. Recuerdo, como los alemanes haciendo un bloqueo, rodearon el pueblo. Me parece que eso haya sido en 1942. Allí pasaba una zona de guerrilla y toda el área se consideraba guerrillera. En la noche nos íbamos al bosque y luego volvíamos. Una vez recién regresamos y vino nuestra vecina, que comenzó a gritar: “Vasil, los alemanes rodean el pueblo”. La hoja de papa creció muy alta y el padre dijo que nos escondiéramos. Por allí cerca estaba el río y el bosque, pasamos algún tiempo escondidos y pensamos que ya pasó. Apenas salimos, vimos a un soldado alemán, que dijo: “¡Manos arriba!” Nos dijo ir hacia la escuela. Allí reunieron a todos los vecinos del pueblo. A los hombres se los reunieron en uno de los edificios de la escuela. Nosotros ya sabíamos que los alemanes quemaban los pueblos junto con la gente. Teníamos mucho miedo. Un alemán nos llevó, ordenó sentarnos y esperarlo, mientras no estaba. Tomamos la decisión de mezclarnos con la gente: pasara lo que pasara. Vimos que el guardia comenzó a buscarnos, preguntó a la gente, pero no nos encontró. Vino un oficial de un pueblo vecino, los alemanes hablaron de algo y los hombres salieron del edificio. En pocas palabras, nos asustaron y dejaron de irnos, al decir que deberíamos ayudar a Alemania y extraditar a guerrilleros. En general, casi un año y medio antes de la liberación de Belarús en 1944 en nuestro pueblo no hubo alemanes, pues era una zona guerrillera. Cerca de nuestro pueblo dos guarniciones de guerrilleros derrotaron a los alemanes y establecieron el poder soviético.

— Dónde se encontraban las guarniciones?

— A dos kilómetros se encontraba la estación ferrocarril y de ahí expulsamos a los nazis y luego de la ciudad de Klíchev, situada a siete kilómetros. A propósito, el pueblo se encontraba junto a la estación ferrocarril, Osipóvichi-Moguiliov, y la carretera local llevaba a Bobruisk. Recuerdo el problema que afectó a la familia en el día de la liberación. Recibíamos a los soldados soviéticos, el pueblo ya fue liberado y aquí un avión soviético comenzó a disparar el techo de paja de nuestra casa. Al parecer se equivocó. La casa de inmediato se incendió y las llamas comenzaron a arder. Tiramos a través de las ventanas todo lo que pudimos. Durante la guerra, por cierto, los objetos de valor estaban escondidos en el suelo. Ardían las paredes y cuando mi padre quería sacar algo, corrió a la casa y frente al mismo cayó un techo. Él pudo saltar por el fuego, pero su ropa se incendió. Lo apagaron con el agua, pero su rostro fue quemado. Lo llevaron al hospital. Tuvo que pasar algún tiempo allí. Pero a los demás hombres se los llamaron a filas. Más tarde, mi padre comenzó a reparar vías ferroviarias. Trabajó allí por 18 horas al día: así fue el frente laboral.

— La gente también tuvo que pasar por muchas cosas duras?

— Claro que no fue fácil sobrevivir. La gente moría de hambre. Además de eso, hubo muchas enfermedades y mi madre se enfermó y no se levantaba. Yo estaba en la escuela, cuando ella murió. Era joven, tenía sólo 45 años. Y ahora imagínense: estábamos viviendo en una choza de barro, yo tenía 16 años, mis hermanas tenían de tres a cinco años, mi padre trabajaba todos los días sin descansar. Yo me ocupaba de todos los quehaceres domésticos: hacía pan, lavaba y cocinaba, trabajaba en la huerta. El marido de nuestra vecina falleció durante la guerra de Finlandia y ella vivía sola y mi padre y ella decidieron vivir juntos. La vida con la madrastra se hizo un poco más fácil. Comenzamos a adquirir cosas. A propósito, cuando era una zona guerrillera, la gente comió a todos los animales en el pueblo: vacas, caballos, cerdos, ovejas, gansos, pollos. No había nada. La vida es así: hay que pagar por todo. ¡Pero ya vivíamos sin nazis! Poco a poco, la vida se ponía cada vez mejor. Me gradué de la escuela secundaria con honores y en 1946 ingresé en la escuela de agricultura en Mariana Gorka para obtener la profesión de agrónomo. Así terminó mi infancia.

— Y luego dónde y cómo trabajaba?

— En 1949, me dieron un puesto de agrónomo en el municipio de Rasony, entonces la provincia de Pólotsk, y seis meses más tarde me llamaron al ejército. Pasé el servicio en la ciudad de Pushkin, el antiguo Tsárskoye Seló, en afueras de la ciudad rusa de Leningrado. Me gradué de la escuela de sargentos y luego me capacité como un oficial de reserva. Me ofrecieron a quedarme en el ejército, pero quería regresar a mi casa y en 1953 me retiré de las filas. Entonces conocí a mi futura esposa, con ella ya estamos viviendo más de 60 años.
Ella vino a trabajar en la destilería local. Los dos buscamos mucho tiempo el trabajo. Incluso pasamos por Kazajistán, donde el clima no me gustó para nada, pues me desmayaba por el calor. Tuvimos que regresar. Trabajaba en la escuela y en el comité del Komsomol, así como de agrónomo en el municipio de Slutsk. Entonces el país necesitaba de los especialistas en la esfera química y a las personas con experiencia las aceptaban en términos favorables a la facultad de química de la Universidad Nacional de Belarús. A principios de los sesenta del siglo XX Yo y mi esposa ingresamos en la universidad. Ya teníamos a un hijo, Mikhail, que tuvo que vivir en un orfanato... Luego para mantener a mi familia yo me ví obligado a pasar a la enseñanza nocturna y cuando nos graduamos, comenzamos a trabajar en la fábrica, “Integral”. Eso fue en 1968. Trabajaba de especialista de alta calificación en el taller de transistores de la fábrica, era el secretario de la organización del partido del taller y encabezaba el comité sindical que reunía a un mil 500 de trabajadores.

— Iván Vasílievich, es evidente que su vida era llena de suficiente estrés y el trabajo duro. ¿Y cuándo usted sintió, que debería cuidar más su salud y hacerlo de modo sistemático?


— Por primera vez, eso fue, cuando estaba en el ejército. Yo estaba fortaleciendo mi cuerpo, me bañaba en el agua bastante fría, que corría directamente del grifo. Pues en el cuartel no había condiciones especiales. Y entonces, tal vez, enfrié el plexo solar. Recuerdo que tenía dolores tan fuertes, que no podía agacharme para nada. Pero entonces yo no sabía que con esta enfermedad tenía que luchar haciendo automasaje. En la juventud mi organismo mantenía el equilibrio, pero con el paso del tiempo comencé a enfermar cada vez más a menudo. Especialmente recuerdo, cuando al mojarme en la lluvia fría, regresando de mi pueblo natal a la ciudad de Klíchev, me comenzó a doler mucho la espalda. En realidad a partir del año 1987 o 1988 me dolía la espalda cada rato. Es más, el dolor pasó un límite crítico: la pierna derecha comenzó a perder la sensibilidad. Tomé vacaciones, cuando se produjo una inflamación en la espalda. Probé hacer algunos ejercicios y me caí del dolor. ¡Un dolor tremendo! Se me inflamó la hernia. No sentía los dedos en los ambos pies. Fui hospitalizado. El cirujano recitó el estiramiento de la columna vertebral en la bañera de hidromasaje: existía una técnica de este tipo. Y aunque en su momento eso me ayudó mucho y la columna se estabilizó, pero el viejo cirujano me dijo: “Iván, si no te cuidas, acabarás en una silla de ruedas...” Tienes que hacer algo.

— Es muy común. Como se suele decir, mientras no te molesta nada, nada haces...


Es cierto. También dicen: si los jóvenes supieran, si los viejos pudieran. Por eso me gustaría compartir mis experiencias con la gente más joven: a mi casa vienen enfermos y periodistas con la esperanza de que una persona se interese con mis investigaciones y prácticas y alivie el dolor de los demás. A lo largo de los últimos 25 años me cuido mucho. Antes corría todas las mañanas. Además de eso, hago automasaje todos los días. En invierno practico el esquí. Comencé a leer mucho sobre este tema: tuve que saber, qué dirección seguir. Poco a poco la pierna volvió a la normalidad: ahora entiendo, que era mala circulación. Los músculos se debilitaron. Y decidí hacer un masaje: tuve que hacerlo para no quedarme discapacitado para siempre.

— Qué parte masajea y cómo lo hace?

самомассаж.png— Sería mejor buscarlo en el libro de mi hijo, Nikolai Ignatenko, “Automasaje. La técnica única para la curación del cuerpo y el tratamiento de enfermedades crónicas”. A propósito, él desde hace mucho tiempo se dedica a este tema e incluso describió muy bien mis técnicas de masaje. El libro fue publicado en una editorial de Moscú en 2011. En pocas palabras, ahora todos los días hago masaje de todo el cuerpo: comienzo de la parte superior de la cabeza y termino con los dedos de los pies. Hago masaje de todas las partes bien cuidadosamente. Gracias a esta técnica, logré curar una enfermedad muy dura, bursitis: la inflamación de los tendones, que comenzó con la dislocación de la mano derecha. A propósito, la bursitis a menudo la tienen los mecanógrafos y las costureras, que trabajan con manos.

— Cómo logró curar la bursitis?

— Fue un camino largo y duro, superando el dolor a diario... Cuando usted comienza a masajear, tiene que tocar los músculos de lo más profundo que pueda para estirarlos muy bien. Hace falta hacerlo bien cuidadosamente de dos a tres veces al día, masajeando cada uno de tres a cinco minutos. En realidad, ahora, con los años, trato de masajear todas las articulaciones, especialmente rodillas, codos y dedos para que sea un buen flujo de sangre. A veces me comienza a doler una rodilla. ¿Y por qué? Los seres humanos tienen muchos puntos activos.
Comienzo a masajearlos suavemente, luego más fuerte. Por lo general, en 10 o 15 minutos el dolor se desaparece. A propósito, la sensibilidad de los dedos en los pies me recuperé sin medicamentos y fisioterapia. Sólo con el automasaje. El medicamento más importante son mis manos. Hasta este momento masajeo las piernas para prevenir el dolor.

En nuestra conversación participa también Nikolai Ignatenko, el hijo de Iván Vasílievich. Él añade:

— A menudo me doy cuenta de que mi padre nunca permanece sin hacer nada: todo el tiempo se está moviendo y hace masaje. En el tren, en el autobús, viendo la televisión e incluso cuando espera calentarse una tetera en la cocina. Su dedicación es envidiosa. Y su mayor recompensa –la ausencia del dolor en el cuerpo a esa edad– es bien merecida. Porque yo sé cómo sufren de diversos males los que bajaron las manos o entregaron a los médicos su salud. Pero el médico no puede estar todo el día a su lado y el alivio del dolor es sólo para algún tiempo: es necesario cuidar a sí mismo.

— Iván Vasílievich, qué dolores más curó usted?

— Tuve la así llamada acidez cero. Luchaba contra ella por medio de infusiones de hierbas mencionadas en libros de recetas. Y ahora utilizo diferentes hierbas para recuperar mi estado de salud. En la primavera las flores huelen muy rico. Pongo varias a la boca, mastico y trago. Es muy útil y eficaz para el estómago. Además de eso, hago ensaladas con flores y las como durante todo el verano: a veces es algo amargo, pero es muy eficiente. Con los años, se manifestó la enfermedad de Parkinson: temblor en mi mano derecha. En general, tengo problemas con un costado derecho, aunque me recuperé, esta enfermedad requiere del cuidado y la atención constantes. Uno se detiene, en seguida se enferma. Así que me recetaron pastillas. Comencé a tomarlas y mi cabeza se hizo como el algodón, especialmente en las mañanas. Leí que esta medicina tiene muchas contraindicaciones, incluso las complicaciones del estómago, el hígado... No me gustó eso. Me recitaron otros medicamentos: son muy caras, una pastilla cuesta casi un dólar y medio. ¡Es muy caro para mí! Además de eso, me comenzó a doler el hígado. Me ví obligado a dejar de tomarlas. Apareció el zumbido en mi cabeza. Leí un montón de artículos médicos sobre este tema. Las personas inteligentes me contaron, cómo hacer masajes en el cuero cabelludo. En particular, Vladímir Békhterev, el reconocido neurólogo, da estas recomendaciones. Es muy útil masajear las sienes, en particular, y el cráneo, en general, con los dedos puestos perpendicularmente. Así que incluso con la enfermedad de Parkinson por el momento puedo luchar...

— Usted se acordó de su casa de campo con la huerta. Qué le parece, este trabajo se le añade la salud?

— Se pueden decir que es un buen entrenamiento y hace falta hacerlo. Estar tendido en la hierba no aumenta la salud. Es necesario moverse mucho. Nuestra casa de campo se encuentra a 80 kilómetros de Minsk, a cuatro kilómetros y medio del tren eléctrico, de la estación, Negoreloye, siempre vamos a pie. Allí me agrada todo, incluso las paredes, como se suele decir, me hacen muy feliz: la casa de Nesiaty construida después de la guerra la llevamos con mi hijo allí. Mi padre murió, las hermanas se fueron. Olga vivía en Ishim, la provincia de Tyumen y luego falleció. Tanya en Lisichansk, que ahora se conoce en todo el mundo, se encuentra en la provincia de Lugansk, Ucrania. Me siento muy preocupado por ella...

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El medicamento más importante son mis manos

— Iván Vasílievich, qué podría decir a aquellas personas, que, al leer este artículo, decidirán ocuparse de su salud?

— Lo más importante en este caso no ser perezoso. A propósito, me encantan famosas líneas de un poema de Nicolai Zablotski: “No dejes que su alma sea perezosa / Para que el agua sigue moviendo en un mortero / El alma debe trabajar / En la noche y en el día, en el día y en la noche”. Uno no tiene que sentir lástima por su cuerpo. Digamos, en las personas –que trabajan sentadas– se les duele mucho el cuello. La falta de movimiento provoca una mala circulación de la sangre y con el tiempo aparece el dolor. Entonces los músculos se parecen al caucho. Por lo tanto, es el momento de ponerse a trabajar. Los músculos deben ser suaves para que se pueda masajearlos fácilmente. En este caso la sangre fluye muy bien, el metabolismo va bien y los impulsos nerviosos son correctos. Todo es como debe ser. Y precisamente el masaje ayuda a sanar el cuerpo, que tiene zonas problemáticas. Además de eso, se movilizan recursos internos. ¿Por qué masaje es bueno? En cualquier momento del día o de la noche él está a su alcance, donde esté usted. Por la tarde, en el día o en la noche. Tiene un minuto, puede masajear un lugar donde se siente malestar. Con el masaje al cuerpo no penetran los productos químicos, que podrían afectar los órganos adyacentes, lo que ocurre en el caso con píldoras. Tomando “químicos”, por ejemplo, para aliviar el dolor, dañamos el estómago, los riñones y el hígado. En el automasaje todo depende de nosotros mismos y no de nadie más. Sé resistente, luche contra la pereza y el dolor seguramente retrocederá y vendrá un buen estado de ánimo. Lo más importante es superar la pereza. Es el enemigo más grande del hombre. Tenemos que aprender a obedecer, a luchar por su salud y en este caso vamos a enfermar menos. A esta altura, no tomo ninguna medicina: sólo hago automasaje de todo mi cuerpo. Dos veces al día: por la mañana y por la tarde. Es una panacea para muchas enfermedades crónicas y al mismo tiempo es la prevención de enfermedades en un futuro. A veces, cuando ayudo a las personas, ellas, al dejar de sentir el dolor, me dicen que soy un mago. Y yo les respondo que no soy un faquir, ni un mago, sólo soy un buen automasajista. Y por eso no me duele el cuerpo.

Ivan Zhdanovich
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