El diario del soldado

Los apuntes del participante de la Gran Guerra Patria Aleksandr Andréichikov es el único testimonio histórico

Los apuntes del participante de la Gran Guerra Patria Aleksandr Andréichikov es el único testimonio histórico


“La guerra se terminó hace mucho, pero la madre por la noche lloraba a escondidas por mí, su hijo sin pierna”, así comienza el diario del soldado de la Gran Guerra Patria Aleksandr Andréichikov, oriundo de las afueras de Gómel. Se fue al frente en las afueras de Leningrado cuando tenía 17 años. Sobrevivió el bloqueo, varias veces cayó herido en combates. Sin embargo, él abatió varias máquinas del enemigo. El soldado del Ejército Rojo también resultó lesionado: a causa de una herida fue amputada una pierna. En el hígado se quedó un fragmento de una granada estallada. No se puede decir que es un soldado de los millones. El destino de este hombre resalta en el fondo general. No buscaba la gloria en la guerra, ni soñaba con el heroísmo, luchaba por la Patria no por las medallas, sino porque no podía de otra manera. Años después se puso a recordar los acontecimientos del frente. Los anotaba en un diario. No para publicar, sino para sí mismo, para no olvidarlos.

Para el 70º aniversario de la Victoria “El gran cuaderno” con las memorias lo entregó a la redacción la viuda del veterano Olga Andréichikova de Baránovichi. Le ofrecemos los fragmentos del monólogo del soldado. El diario es interesante precisamente porque no está destinado para el público. Por eso tal vez es una opinión objetiva acerca de la guerra.

Los fragmentos del diario de Aleksandr Andréichikov

Nací en 1923 en la región de Chechersk, ahora es la región de Buda-Kosheliovo de la BSSR, en la aldea de Bashitsa. Antes de la guerra trabajé en Ucrania, en una mina en la región de Sumy. Luego me fui a descansar a la República Socialista Soviética Carelo-Finesa a la casa de mi tío. Allí me cogió la Gran Guerra Patria. No podía volver a la Patria, porque Bielorrusia ya estaba ocupada por los fascistas. Tampoco podía ir al frente, así que tenía sólo 17 años y no 20 años como exigían. Otros se esforzaban por huir de la guerra, inventaban diferentes astucias, pero no entendía a aquellos jóvenes. El 22 de julio de 1941 me dirigí a la oficina de reclutamiento regional para ir al frente. Así me admitieron como joven comunista voluntario en el Ejército Rojo. Me enviaron al regimiento de artillería del campamento de ejército en las afueras de Leningrado. Allí me gradué de la escuela de regimiento y obtuve el título de sargento. Al principio fui apuntador de un cañón de 76 milímetros, luego su comandante. Participé en los combates por el río Nevá, ciudades de Pushkin, Gátchina, Petergof, Krásnoye Seló, Oranienbaum.

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De los fascistas escaparon muchos civiles. Llevaban de los fascistas el ganado koljosiano. Los caminos y sus bordes estaban llenos de las vacas matadas, caballos con vientres rotos, ovejas, y entre ellos — los cadáveres de la gente asesinada. Casi no había espacio libre...

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Varias veces estaba a punto de morir. Sobreviví el bombardeo de los aviones nacistas, un Messerschmitt disparaba una ametralladora contra mí. Muchas veces estaba bajo el fuego de artillería.

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¿Cómo guerreábamos en 1941? Las armas las tiran los caballos, la escuadra se acomoda donde sea, los soldados están en las vendas, en invierno no había botas de fieltro, chaquetones guateados, pantalones de algodón, no había ropa de abrigo. En el baño se lavaban de vez en cuando.

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En las condiciones difíciles del frente de Leningrado nos veíamos obligados a luchar y hambrear. No comíamos nada durante todos los días. Lanzarán pan seco del avión, repartirán por un sequete al día y toda la cocina llena de agua hirviendo — es toda la comida. Una ración de pan constituía 200 gramos al día, mezclado con serrín y otros residuos. Comíamos caballos muertos, en el campo bajo las balas recogíamos patatas podridas, en verano — acedera, ortiga, bayas y setas.

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Cuando los fascistas derrotaron a nuestra batería, nos salvábamos como podíamos. Yo podría caer prisionero y morir allí, quemarme en un crematorio o sobrevivir. Pero empecé a arrastrarme 2-3 km hacia mis compañeros. Y de nuevo participaba en los combates y la artillería.

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En la batalla cerca del Leningrado sitiado fue herido dos veces. El 11 de septiembre de 1942 en la batalla en Oranienbaum, luchando por la montaña Kolokolnia cerca de la aldea de Gostílitsy, perdí mi pierna derecha, el hígado fue roto por un casco. Perdí el sentido para unas horas. Luego la herida inficionó. Tuve gangrena. Me cortaron la pierna… En un buque de guerra me llevaban por la noche por el golfo de Finlandia al Leningrado sitiado, y las bombas fascistas estallaban cerca del buque, las fuentes de agua subían a medio kilómetro. Estaba en el hospital de evacuación del Leningrado hambriento y frío. Luego me llevaron con herida grave en un buque militar a través del lago de Ládoga, después en tren me enviaron para el tratamiento final al hospital en los Urales, en la ciudad de Mólotov (Perm), donde permanecí hasta febrero de 1943.

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Las heridas graves provocaron complicaciones cardiovasculares. Pero de qué corazón y nervios se puede hablar cuando es necesario dejar acercarse a 200-300 metros a un tanque fascista para disparar a tiro directo y destrozarlo. ¡A larga distancia no se puede destrozarlo! Y esto es un verdadero duelo: yo disparo con granadas perforadoras para dar en el blanco y destrozar un tanque fascista. Y si avanza en tu cañón, entonces es bastante difícil acertar a este tanque. Un tanque fascista está disparando granadas y ametralladoras sobre mi cañón. Destrocé tiro directo dos tanques, muchas otras máquinas y fuerza viva del enemigo. ¡Saltaban de los “tigres” con cruces negras las orugas, torres, cañones!

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En 1943 a mí como uno de los alfabetizados y dotados me enviaron a los cursillos de exploradores de regimiento. Después muchas veces capturaba lenguas alemanes para llevar a los enemigos a mi estado mayor para interrogarles.

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Mi padre Filipp en 1918 participaba en las batallas por Petrogrado contra Denikin. En 1941 durante la Gran Guerra Patria tomaba parte en la liberación de Gómel, Zhlobin, Rogachiov, en la toma de Königsberg, llegó hasta Berlín. Luego se fue a batir a los samuráis japoneses al Extremo Oriente y sólo en septiembre de 1945 fue licenciado.

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Mi madre se enteró de que estaba vivo en 1944. Al principio recibió mi primera carta: “Estoy vivo. Defendía al Leningrado natal. La cabeza y las manos son intactas. Una pierna la coserán o darán una nueva de hierro”. Luego regresé a casa, a la aldea natal de Bashitsa — sin pierna derecha y con vientre herido. Nadie se sorprendió. Los paisanos incluso envidiaron. Comencé a trabajar como contador del koljós, el presidente era el viejo Demián — un borracho, el único hombre en toda la aldea (y el otro yo — un inválido). En la aldea había un solo caballo dejado por los soldados soviéticos durante la ofensiva al Occidente. El resto del ganado y aves los llevaron los fascistas. El presidente del koljós y yo arrastramos de los desvanes los arados, rastras, colleras, con escándalos pero los arrastramos. La siembra de primavera la comenzamos temprano, arábamos las huertas. Las mujeres araban y el proceso lo dirigía el mismo presidente del koljós. Cuando comenzó la recolección el viejo batía guadañas y las mujeres segaban.

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¿Cómo fue para mí el Día de la Victoria el 9 de mayo de 1945? Todos lloraban de alegría. Y quien no lloraba, andaba triste y deprimido ¡Cuánto dolor hay en cada hogar! Ha sido matado un hijo, marido...

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“Toda la juventud de mayo está aniquilada por la guerra. Yo estoy terriblemente delgado y pálido como una pared. Personalmente yo envidio a una sola persona — al soldado fallecido: él no sufre más” — escribió en su diario en octubre de 1965 Aleksandr Andréichikov. Como si fuera una lección para la gente que ve la guerra como un espectáculo patético.

Pero el soldado sufrió duras pruebas y sobrevivió no en vano. Dio a sus descendientes el derecho de vivir en un país libre y pacífico.

Por desgracia, las heridas de la guerra no permitieron a Aleksandr Andréichikov vivir hasta nuestros días. Aleksandr Andréichikov murió en 1974. Y en 1975 (¡es simbólico que el 9 de mayo!) nació su primer nieto que llamaron en honor de su abuelo. El nieto Aleksandr Guil y su hermano Vadim nunca han visto a su abuelo. Este año el 9 de mayo ellos decidieron junto con su madre Elena y su tía Alla, hijas del soldado Andréichikov, ir a San Petersburgo (ex Leningrado) y sus afueras para visitar los lugares donde luchaba su abuelo. Subieron a la montaña Kolokolnia y abrieron allí “El gran cuaderno” con apuntes de su antepasado: leían e intentaban imaginar qué pasaba en este rincón hace más de 70 años...

Dicen que la guerra está cada vez más lejos de nosotros y sus acontecimientos se olvidan. La historia relatada aquí evidencia que la memoria del heroísmo de los antepasados en muchas familias sólo viene resucitando y haciéndose más fuerte. Y será transmitida a las futuras generaciones.

Viktar Kórbut
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