Las puertas al cielo

Han quedado atrбs veinte aсos desde Chernobil... Una conmociуn de todos cimientos de la vida que sufriу Belarъs, hace ya mucho tiempo ha sido medido en unidades de dinero. Pero cуmo se podrнa medir la envergadura de la tragedia humana, posiblemente, no se podrб hacerlo incluso dentro de siglos. La catбstrofe obligу a miles de gente abandonar los lugares natales, a aprender a perder a sus allegados, a resignarse con las enfermedades de “post Chernobil”. Los bielorrusos encontraron fuerzas para aceptar esto, y vivir con el futuro, sin perder ni el espнritu, ni la fe
Esta aldea ya no existe en el mapa del distrito de Chechersk de la regiуn de Gуmel. La juventud local que ha crecido despuйs de la catбstrofe de Chernobil no sabrб indicar el camino hacia ella. A menos que los antiguos habitantes recuerden el camino hacia la buena casa de los viejitos Kliuchinski que se quedaron como los ъnicos habitantes y los guardianes de la aldea desalojada de Rudnia-Dъdichskaya. їPiensa Ud. que ellos estбn terminando su vida en la tristeza? De ninguna manera. Velan por la aldea, restauran la iglesia, actuan en el cine y sueсan con elevarse al cielo.

El camino natural que sale de la animada arteria automovilнstica se apoya en un vagуn miliciano del puesto de paso y control, detrбs del cual hay 15-40 Curie y estб el camino hacia la aldea Rudnia-Dъdichskaya. Despuйs de la catбstrofe, la aldea, asн como tambiйn decenas de otras, quedу dentro de la zona de enajenaciуn radiactiva, cerrada para una persona sin salvoconducto. Y hay que ver que hasta no hace mucho tiempo atrбs la aldea era numerosa, cuya historia comenzу ya en el siglo XVII. Antes de Chernobil en la aldea Rudnia-Dъdichskaya habнa alrededor de cien casas. La sуlida casa de Nikolai y Sofia Kliuchinski fue la ъltima en aparecer en la aldea. Fue tambiйn la ъltima que se quedу. La entrada tallada, la cerca cuidadosa, la toma de agua elйctrica. Y ademбs la casa de los Kliuchinski se reconoce por la griterнa de las aves. Nikolai Konstantнnovich de 70 aсos atrae a los gorriones, paros y estorninos que despuйs de la catбstrofe de una vez desaparecieron, en cambio ahora de nuevo aparecieron. Cada primavera en el jardнn de los pensionistas, donde por todas partes cuelgan casitas para los estorninos, llegan volando hasta 70 familias de pбjaros. “La vida continua”, — sonrнe el abuelo.

…La vida en la aldea comenzу a apagarse a mediados de los aсos 90, cuando a “los lugares no contaminados” se fueron aquellos que aplazaban hasta lo ъltimo este paso nada de sencillo. Los Kliuchinski se quedaron, aunque a ellos, como a los otros desplazados, los esperaba una vivienda estatal gratis y otros bienes. Dicen ellos que no encontraron fuerzas en sн mismos para abandonar la aldea natal, donde nacieron, crecieron y se envejecieron: “Si uno va a estar bien consigo mismo y con la gente, entonces la desgracia pasarб de lado, la radiactividad no lo agarrarб”, — con este pensamiento el abuelo Kolia se mantiene ya 20 aсos. En la aldea йl es como si fuera el jefe y el conservador de la memoria de los antepasados: cuida del cementerio local, avisa a las autoridades si personas ajenas atentan contra los bienes que han quedado. Las autoridades tambiйn cuidan a los viejitos Kliuchinski. Aunque son los ъnicos habitantes de una aldea que no existe, sin embargo puntualmente se mantiene la corriente elйctrica, hay comunicaciуn telefуnica, regularmente se trae la correspondencia, viene una tienda sobre ruedas. La soledad externa de ninguna manera se parece al ascetismo. A los pensionistas no los dejan solos frente a los problemas. “Me creerб Ud., — se rнe el abuelo Kolia. — Incluso no hay tiempo para aburrirse sentado en el banco. O hay quehaceres domйsticos, o hay visitas”.

A finales de los aсos 90, unos documentalistas japoneses convirtieron a Rudnia-Dъdichskaya en un pintoresco platу de rodaje. Aquн ellos hicieron una pelнcula sobre la gente que decidiу no abandonar sus lugares natales. Andaban detrбs de todos los pasos de los Kliuchinski, grabando en la cinta cada paso: como siembran las patatas, como caldean la estufa, como pastan el ganado, como tocan el acordeуn y cantan canciones. Y esto ъltimo el abuelo Kolia lo hace sencillamente a las mil maravillas. La pelнcula documental “La aldea de Nadia” obtuvo un premio en uno de los festivales internacionales. En Rudnia-Dъdichskaya la vieron en el garaje de los Kliuchinski, adonde los japoneses trajeron una proyectora de cine y una pantalla especial. La primavera pasada los japoneses de nuevo estuvieron de visita. Rodaron la continuaciуn dedicada al 20 aniversario de la tragedia. Y Kliuchinski de nuevo fue para ellos el guнa de excursiones y el protagonista de la pelнcula.

El abuelo Kolia tiene que hacer ademбs dos asuntos en la vida: la iglesia del siglo XIX incendiada que el trata de restaurar a travйs de los planos que han quedado, y... el aviуn, en el cual йl piensa elevarse hacia al cielo. En resumidas cuentas, йl se quedу en la aldea por la iglesia, habiйndose negado a a cambiarla por la confortable vida de la ciudad. El viejito viу un sueсo, como que su tнo le pedнa que no abandonara la aldea Rudnia, y que cuidara de la iglesita. Entonces el abuelo Kolia precisamente lo decidiу todo para sн mismo. Pero varios aсos atrбs durante un verano seco en un momento se incendiу la construcciуn de madera. En la casa de los Kliuchinski apenar pudieron sobrevivir lo sucedido. Y solamente la fe en que se podrб hacer renacer de nuevo a la iglesia da fuerzas a Nikolai para vivir. Y para soсar con el cielo.

Un aviуn deportivo apareciу en el garaje del abuelo Kolia no hace mucho tiempo atrбs, cuando en uno de los clubes de aficionados a la aviaciуn lo dieron de baja como un modelo deportivo anticuado. Pero se descubriу que se necesita reemplazar el motor, en cambio no le resulta comprar uno nuevo. Solamente el pensionista no pierde las esperanzas, cada minuto libre lo dedica a su sueсo: “Con la cabeza entiendo que ya no podrй hacer nada. Pero miro al cielo — el alma se ahoga”, — reconoce tristemente el abuelo. Y sus ojos se humedecen, como si fuera a causa del viento.

Violetta Draliuk
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