La tierra de la gente buena

El turсomano Charyar Kerekulíev tenía apenas veinte años, cuando llegó en 1980 a Minsk desde la ciudad de Ashgabat, capital de Turkmenistán, sin conocer absolutamente a nadie. Por lo tanto, no sabía a dónde ir...

El turсomano Charyar Kerekulíev tenía apenas veinte años, cuando llegó en 1980 a Minsk desde la ciudad de Ashgabat, capital de Turkmenistán, sin conocer absolutamente a nadie. Por lo tanto, no sabía a dónde ir...


 
En 2010, Charyar Kerekulíev
encabezó la comunidad turcomana en Belarús
y el local centro cultural y educativo de la Fundación, “Bakhar”
Se conocen muchas historias, incluso hay novelas, que cuentan que las mujeres del campo belaruso durante la Segunda Guerra Mundial salvaban las vidas de los heridos soldados soviéticos de diferentes nacionalidades, y poniendo al riesgo sus propias vidas, ayudaban como podían a los combatientes que salían del área controlada por el enemigo o que se huían de su cautiverio... Pues fue la guerra, en la cual participaron las personas de diferentes partes de la antigua Unión Soviética, compartiendo penas y tristezas comunes para todos los que estaban en la retaguardia y en los campos de batalla. Durante aquella fuerte prueba la gente mostró sus mejores cualidades formadas durante siglos, que pasan de generación a generación. Hoy en día, en Turkmenistán están viviendo decenas de veteranos que luchaban en la tierra belarusa, tomaban parte del movimiento guerrillero en Belarús. A propósito, luchaban con mucha abnegación. Por la zona noreste de la ciudad de Minsk pasa la calle Annáev (hasta el año 1976 se llamaba Colectívnaya). De este modo fue inmortalizado el nombre del Héroe de la antigua Unión Soviética, participante de los combates por la liberación de Belarús, turcomano, Oraz Annáev. Él se destacó en octubre de 1943 durante el cruce del río Dniéper, cerca del pueblo de Komarin. El héroe fue enterrado en la orilla del río Dniéper, su nombre llevan las calles también en el municipio de Svetlogorsk (provincia de Gómel) y en la ciudad de Serdar (Turkmenistán), donde en la época soviética también fue instalado su busto.

Una historia –que me ha contado recientemente el jefe de la comunidad turcomana en Belarús y el fondo educativo de cultural, “Bakhar” (“Primavera”), Charyar Kerekulíev– revela nuevas muestras de la mentalidad de belarusos, que han ayudado al buen joven turcomano a no perderse en un nuevo lugar. Con el paso del tiempo él se convirtió en un empresario, líder de la diáspora. Es el hombre, respetado tanto en Belarús como en Turkmenistán: el presidente del país, Gurbanguly Berdymukhammédov, lo ha invitado en varias ocasiones a participar en las fiestas nacionales celebradas en Ashgabat.

El nombre de Charyar Kerekulíev significa el cuarto hijo en la familia. Hace falta señalar que él tenía cinco hermanos y seis hermanas. En los años sesenta del siglo pasado (Charyar nació en 1962), las familias con muchos hijos en Asia Central, en general, y en Turkmenistán, en particular, no era una cosa rara. La ciudad natal de Charyar es el centro provincial de Turkmenbashi, en la época soviética se llamaba Krasnovodsk. Sucedió así, que en un año el joven se quedó sin padres: primero, falleció su padre y luego su madre. Por lo tanto, Charyar tuvo que buscar solo su camino en la vida y decidió cambiarla radicalmente. En aquel momento ya terminó la escuela rusa, el colegio y al obtener diploma de contador podría trabajar según su profesión. Pero tomó la decisión de irse a Minsk. Charyar recuerda como fue todo: “Bajé del tren y absolutamente nada tenía conmigo, sólo camisa, chaqueta, pantalones y zapatos... Me ayudó, un hombre casual, Piotr Afanásievich, lamentablemente no recuerdo su apellido. Él trabajó en la administración de la provincia, en el departamento de la agricultura. Vine allí para que me dieran algún trabajo. Conté que tenía problemas familiares y que me veía obligado a dormir en una estación de tren... El señor Piotr me miró con mucha compasión, pero no me prometió nada... Creía que no iba a ayudarme. Pero un poco más tarde Piotr Afanásievich me buscó en una estación de tren y me llevó a un lugar desconocido. Resultó ser el pueblo de Dubravy, que se encontraba a 40 kilómetros de Minsk en la dirección hacia la ciudad de Molodechno. Por allí estaba una granja colectiva, su director era Andrei Kazimírovich Bury, el amigo del señor Piotr. Él pidió que me diera un trabajo y que yo pudiera quedarme y conocer más de cerca a los belarusos. Me alojé en la casa de la abuela que se llamaba Vera, una señora muy buena, incluso ahora yo la recuerdo muy a menudo”.

La historia de Charyar Kerekulíev pone de relieve otro detalle muy interesante: los belarusos son las personas cautelosas y no se abren en seguida. El turcomano en Minsk pasó por diferentes instituciones, que al parecer necesitaban contadores, pero nadie se atrevió a darle un trabajo según su especialidad. “Tal vez tomaban en consideración mi nacionalidad”, cuenta él. Pero de este modo el joven tuvo la posibilidad de conocer a la gente y la vida en el interior del país. “La abuela Vera me trataba muy bien, como si fuera su hijo, sigue hablando con cariño Charyar. Pero al principio, lo noté en seguida, ella me tenía un poco de miedo. Es más, todos los vecinos venían a su casa para conocerme y decían: “Es un hombre ajeno, de la tierra muy lejana...” Creo que durante una semana ella no podía dormir pobrecita. Pero luego se acostumbró y con voz alta me despertaba temprano en la mañana, diciendo: “¡Genіk, levántate, vamos a trabajar en el campo! Por supuesto, entonces me costaba entender el idioma belaruso y a veces yo no entendía que ella quería de mí. Una vez la abuela Vera me pidió labrar la tierra. Para mí, un habitante de la ciudad, todo eso fue muy raro: caballo, arado... Y no me salía nada. Yo caía, el arado salía de la tierra y se quedaba al lado... Pero pronto aprendí a hacerlo. Además de eso, la abuela me enseñó segar y sembrar papas y luego recogerlas. Fui ayudante de la abuela en todos sus quehaceres: limpiaba el corral para cerdos y talaba leña. Es decir hacía trabajos habituales en el campo belaruso. A propósito, la abuela no me pedía hacer nada, yo mismo quería ayudarla en todo. No podía permanecer sentado, cuando ella estaba trabajando. Además de eso, trabajaba de guardia en una granja colectiva, cuidando bienes”.


Estrellas de cinco puntas son frecuentas en alboroque tanto turkmeno como belaruso
Es curioso, Charyar podía comunicarse con la abuela y los vecinos, porque estudió en escuela rusa. En Belarús, todo el mundo sabe y entiende el idioma ruso, incluso en los pueblos más remotos del país. Y la comunicación se hacía aún más fácil, bromea Charyar, cuando la abuela le servía una copa de vodka casero...

Al instalarse en Minsk, Charyar no olvidó de la abuela Vera y la visitaba a menudo. En la capital belarusa Charyar trabajó durante seis meses de tornero en una fábrica de engranajes, luego de guardia de seguridad en la planta de cojinete. Le convenía el horario de trabajo: una noche trabajando y tres días descansando. Además de eso, trató de trabajar de cargador en la tienda situada en la calle Mayakovski. A propósito, en adelante se dedicó al comercio. Y otra vez conocí a un buen hombre: Raisa Antónovna Bich, directora de la tienda, que le dio el trabajo, pero al conocerlo más de cerca y al saber que tiene educación, se le ofreció el trabajo del jefe de sección. Charyar incluso tenía llaves de la tienda. Así fue la confianza de la señora Raisa. Por orden de la directora los carniceros más experimentados se lo enseñaron a cortar la carne, aunque al principio lo trataban como un rival.

Fue un trabajo bastante duro: durante el turno tuvo que cortar tres o más toneladas de carne, pero no lo asustaba para nada. Luego Charyar comenzó a trabajar en el supermercado, “Riga”, y ganaba bastante bien. Tuvo tres matrimonios y siempre con las mujeres belarusas. Con su tercera esposa, Alla, oriunda del municipio de Slutsk –que sigue trabajando en el comercio– vive ya más de veinte años. Del primer matrimonio Charyar tiene hija Yuliana (que recientemente ha dado a luz a la hija) y del segundo, el hijo Ruslán.  

El trabajo en la tienda permitía ganar suficiente dinero, pero no fue fácil hacerlo. Y cuando en la década de los años noventa del siglo pasado comenzaron a crear cooperativas, el empresario principiante, Charyar Kerekulíev, tomó la iniciativa. Entonces de Asia Central a Belarús se suministraban frutas y legumbres. Charyar se ofreció ser intermediario, pues conocía muy bien cómo funcionaba el comercio en Belarús. Él iba al mercado Komarovska, negociaba pidiendo vender frutas y legumbres traídas de su país... Muchos de los vendedores lo conocían muy bien y la cooperación era beneficiosa para ambas partes. Así Charyar ganó una nueva experiencia. Y cuando su amigo ruso desde Ashgabat abrió una compañía comercial en Minsk, Charyar Kerekulíev comenzó a trabajar en ella. “Después de algún tiempo, sentí que era el momento de emprender mi propio negocio, cuenta Charyar. Comencé a vender diferentes artículos, incluso electrodomésticos. También me ocupé de la venta de metales. Un hombre, ex director de una de las plantas belarusas, me ofreció el trabajo con estructuras metálicas, desarrollando y produciendo cabinas para los tractores agrícolas. Estudié papeles y esquemas y me gustaron. El proyecto debería traer beneficios. Los perfiles debían ser sólo de metal, el resto de la estructura, de vidrio. La cabina versátil, con una visión amplia y conveniente para agricultores, así como para ser utilizada en servicios públicos. Y esto fue sólo el comienzo, hubo también otros proyectos muy interesantes”.

En 2010, Charyar Kerekulíev encabezó la comunidad turcomana en Belarús y el local centro cultural y educativo de la Fundación, “Bakhar”. Además de eso, formó parte del Consejo Asesor Interétnico del Comisionado para Asuntos Religiosos y Étnicos. A propósito, según el censo realizado en 2009, en Belarús vivieron en torno a dos mil 700 turcomanos. A esta altura, en las universidades belarusas están estudiando casi nueve mil estudiantes desde Turkmenistán. El año que viene Charyar quiere organizar los Días de la Cultura de Turkmenistán en Belarús con la participación de todos los turcomanos que viven a esta altura en Belarús.  

Iván Zhdanóvich
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