John Rosman: “País tranquilo, seguro y muy prometedor”

En Minsk, John tiene su propio negocio, un apartamento y un pasatiempo muy bueno que sirve mucho para su relajación. Es uno de los activistas del movimiento de ciclistas de Belarús
John Rosman nació y creció en la ciudad de Nueva York. Pero su sueño americano él pudo cumplirlo en Belarús, donde está viviendo ya durante siete años. En Minsk, John tiene su propio negocio, un apartamento y un pasatiempo muy bueno que sirve mucho para su relajación. Es uno de los activistas del movimiento de ciclistas de Belarús.



“Me encanta Nueva York, pues es mi ciudad natal. Estudiaba allí, trabajaba como programador y recibía buen salario. Pero un día me di cuenta de que esta ciudad y el estilo de vida no eran para mí. En la ciudad de Nueva York y sus alrededores casi no hay zonas ecológicas, donde uno podría escapar de la ciudad. Si una persona quiere pasar tiempo libre en un rincón verde, tiene que adquirirlo. Pues toda la naturaleza está privatizada, los terrenos están destinados para seguir el desarrollo rural, los bosques es la propiedad privada. Muchos niños de la ciudad nunca han estado en el bosque y han visto bayas silvestres y setas sólo en las tiendas. Yo no quería participar en la privatización de la naturaleza, por lo tanto, empecé a buscar un lugar de residencia en otro país”, cuenta John Rosman.

Él viajó mucho por todo el mundo, hasta que decidiera instalarse en la antigua Unión Soviética. A su nuevo lugar de residencia –a la ciudad de Leningrado (ahora San Petersburgo — Aut.)– él llegó un mes y medio antes de la caída de un gran país. En San Petersburgo, John vivió durante trece años y luego cuatro años más en Prótvino, la ciudad de los físicos, situada en la provincia de Moscú.

Mientras vivía en Rusia, a menudo visitaba Belarús. Y se enamoraba cada vez más de nuestro país. En 2008, John se instaló en la capital de Belarús para la residencia permanente. “Minsk es la ciudad limpia y tranquila, con mucha vegetación, grandes parques y jardines. No tengo coche, he dejado de manejar cuando aún vivía en los Estados Unidos y me muevo en bici por toda la ciudad. La capital belarusa, Minsk, es una ciudad muy cómoda en este sentido. Las aceras son anchas, ahora casi en todas partes se puede ir en bici sin cruzar el tráfico de autos, lo que es una gran ventaja para mí. Es más, la infraestructura ciclista en Minsk sigue creciendo, lo que agrada mucho”, cuenta mi interlocutor.

John es uno de los fundadores de una empresa que se dedica al desarrollo de software. Y en su tiempo libre está viajando mucho por Belarús y obtiene cada vez más impresiones de paisajes y lugares de interés. “Es muy bueno que la naturaleza de Belarús no está privatizada y todo está a la disposición de la gente. Hay muchos lugares hermosos y sitios salvajes, donde no se siente para nada el impacto de la civilización. Me gusta caminar en el bosque y recoger bayas. En cuanto a las setas, no las recojo, pues no las conozco muy bien. Además de eso, me encantan los pantanos belarusos. Pero una vez me caí hasta la cintura, pero gracias a Dios, pude salir. Una gran ventaja de que Belarús ha preservado pantanos, porque en los países occidentales los mismos ya no existen. Los pantanos ayudan a mantener el equilibrio del sistema ecológico, lo que es muy importante”, comparte sus impresiones el señor John.

Cabe destacar que sus viajes por ciudades y pueblos de Belarús –“pokatushki”– John los hace en su bicicleta. Por lo tanto, estos recorridos se les traen mucho más impresiones vividas, pues eso es diferente de ver alrededores desde la ventana del ómnibus o el tren, explica él. “En Estados Unidos, por ejemplo, es prácticamente imposible hacer recorridos tan interesantes, ya que la tierra es la propiedad privada y hay que andar en bicicleta por las carreteras. A su vez, en Belarús, yo ando mucho por caminos forestales, a través de los pueblos y entre los campos. Es muy interesante”, cuenta un ex norteamericano.

Según John, él monta bicicleta durante todo el año. Él considera que es una forma más conveniente para viajar, que ayuda a mantener tanto su salud y la “salud” del medio ambiente. La única vez que se le ha presentado una gran dificultad es el huracán, “Javier”. John tuvo que llevar la bicicleta entre ventisqueros. En cualquier otro clima no es un ningún problema. Por supuesto, si utilizar neumáticos especiales para que la bicicleta se parezca a una moto sin motor, precisa mi interlocutor.

Cuando en invierno, a 20 grados bajo cero, él monta una bicicleta, la gente se lo mira sorprendida, confiesa el norteamericano. “La mayoría cree que la bici es el transporte de verano. De hecho, a los 20 grados bajo cero, me siento más cómodo y mucho más caliente que las personas que están de pie en una parada de ómnibus o tranvía”, se ríe él.

John Rosman no sólo es un ávido ciclista, sino también activista del movimiento ciclista en Belarús. Es el director de la fundación, “Transporte ecológico”, y el miembro de la junta directiva de la asociación pública, “Comunidad ciclista de Minsk”. Además de eso, toma parte del proyecto, que tiene como objetivo el desarrollo de las normas óptimas para las bicisendas en Minsk. También es el responsable del proyecto, “Velokuhnya “Garage 38”, gracias al cual en la capital belarusa ha sido abierto el taller público gratuito con un juego de instrumentos especiales para bicicletas. Todo ciclista –que tiene problema con su “amigo de dos ruedas”– puede buscar ayuda en el “Garage 38”, donde los voluntarios le ayudan a repararla y responderán a sus preguntas.

John es el promotor del estilo de vida respetuoso del medio ambiente, lo que se expresa no sólo en la elección de su medio de transporte. Tampoco come carne, da preferencia a productos vegetales. Además de eso, su apartamento está equipado según tecnologías de ahorro de energía. En el taller, “Garage 38”, han sido instaladas paneles solares. A su vez, en su balcón, en un recipiente especial, viven gusanos que “destruyen” los residuos orgánicos: cáscara de las frutas, restos de comida, etc. Tras su actividad se crea un suelo fértil, que se utiliza para el cultivo de plantas ornamentales y verduras.

También el ex vecino de la ciudad de Nueva York se dedica al aprendizaje del idioma belaruso. “El proceso no va muy rápido, pero yo soy un hombre insistente”, confiesa John y sigue asistiendo una vez por semana al curso del idioma belaruso. Para ayudar a sí mismo, él escucha la radio belarusa y lee libros de los clásicos de Belarús.

Al echar raíces en Belarús, John Rosman tampoco pierde los lazos con su patria histórica y la familia. En los Estados Unidos viven sus tres hermanas. A su vez, su hermano vive en Francia. Los parientes se comunican por el correo electrónico y vienen visitar uno a otro. La última vez, cuando John visitó a sus hermanas en los Estados Unidos, fue hace cuatro años. La hermana menor y el hermano se lo visitaron en Belarús. Por el momento John no tiene a su propia familia. “Siempre he querido mucho, pero aún no me ha venido”, cuenta él.

Después de algún tiempo, John planea solicitar la ciudadanía belarusa. “En Belarús me siento verdaderamente feliz. Lo único que lamento, que no he llegado antes, confiesa él. Me gustan mucho los belarusos y su tolerancia. Son personas muy sabias y no pelean con otros pueblos. Aquí tampoco hay intransigencia religiosa y racial. No hay barrios, donde viven los representantes de una sola nacionalidad y sería mejor que no pasar por ellos. Así que, Belarús es un país tranquilo, seguro y muy prometedor”.

Oksana Mytkó
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