Gambito turco de Ekrem Sailyk

La distancia entre el centro municipal de Berioza y el pueblo de Signévichi es de veinte kilómetros. Ekrem Sailyk no vive en Estambul dos años.
La distancia entre el centro municipal de Berioza y el pueblo de Signévichi es de veinte kilómetros. Ekrem Sailyk no vive en Estambul dos años. En 2012, él cambió un paisaje marino y minaretes afuera en prados pantanosos y torres de la iglesia de Signévichi. Desde entonces, a las 8 am él se va a pastar su pequeño rebaño de vacas en la orilla del río. Después de mediodía es ordeño, después del almuerzo vuelva a pasar por el prado. Y así todos los días.

Ekrem Sailyk
Gambito turco de Ekrem Sailyk

Con Ekrem nos encontramos en su lugar de trabajo, como el mismo dice. Ocho vacas y un toro mastican perezosamente la hierba. El joven observa a los animales y de vez en cuando dice en voz alta: “Zorka! Lastochka! Krasunya!”

En una vida pasada Ekrem era el director de una fábrica de productos farmacéuticos. Con un muy buen sueldo, un apartamento junto al mar, coche oficial y viajes al extranjero. Incluso con tres teléfonos celulares, añade. Durante el día él tenía que contestar muchas llamadas. Por la tarde se cansaba mucho, pero no tenía la posibilidad de escapar de Estambul de muchos millones de habitantes.

— A veces, dejaba todo y para dos semanas me iba al bosque. Llevaba conmigo sólo té, sal y azúcar. El resto encontraba por allí, cazaba y recogía bayas e hierbas. Siendo farmacéutico conocía muy bien que era más conveniente comer. Era mi escape del bullicio urbano. En Estambul, vive mucha gente, andan muchos autos, aquí nunca hay un silencio. Mirando el rostro sereno de Ekrem se pone claro que el camino hacia nuestro país lo llevó a la paz interior.

Ekrem admite, que en Belarús él se siente como un joven de dieciocho años. Considera que lo hace sentir así la naturaleza virgen, el aire fresco, su familia amorosa y su oficio. Sin embargo, su camino hacia la armonía fue bastante largo.

Todo comenzó con el hecho de que él quiso visitar lugares, donde aún no había estado. La elección cayó en Belarús. En uno de sus viajes a Minsk conoció a una común vendedora, Elena. Fue amor a primera vista. De inmediato propuso el matrimonio a Elena. Hoy en día, la pareja ya tiene una hija, Elif, y en próximas semanas espera a su segundo hijo.

Inicialmente Ekrem planeaba quedarse con su esposa en Estambul, pero Elena no podía dejar en Signévichi a sus padres ancianos. La pareja decidió mudarse a Belarús: así en la biografía de la familia comenzó una nueva página.

Ekrem no oculta que en los primeros meses los vecinos de Signévichi lo observaban constantemente. Cuenta que para los aldeanos –que no estaban acostumbrados a los extranjeros–era interesante todo: como se viste, a dónde va, qué come y por qué no come la carne de cerdo, no toma el alcohol y por qué decidió criar vacas. Pero con el tiempo su interés se disminuyó. Los aldeanos se dieron cuenta de que el extranjero era un hombre tranquilo y se comportaba como los demás. La carne de cerdo y el alcohol están prohibidos por islám. A su vez, la cría de las vacas es su negocio. Los parientes de Ekrem en Turquía son agricultores. Pero él cree que las condiciones para la cría del ganado en Belarús son más favorables y espera que dentro de cinco años, el negocio comience a dar importantes beneficios.

Pero el interés de Ekrem hacia el modo de la vida de los vecinos por el contrario sigue siendo el mismo. Le encanta la naturaleza, los productos orgánicos y la gente amable y abierta. Ekrem logró establecer un terreno común con sus vecinos en un sentido directo y figurativo de la palabra. Él habla muy bien el idioma ruso, de vez en cuando en su habla incluso aparecen las palabras del dialecto local. Durante las fiestas cristianas Ekrem siempre asiste a las cenas y los vecinos y parientes respetan su fe y costumbres. Así era siempre en Belarús desde tiempos inmemoriales.

Hace falta señalar que Ekrem fácilmente aprendió el idioma y la cultura de Belarús. Lo principal en este caso es el deseo, asevera Ekrem Sailyk. Uno está dispuesto a aprender incluso doscientas palabras por día y no tiene miedo de irse al otro país.

Se acerca la hora del almuerzo y hace falta ordeñar las vacas. Ekrem acompaña a las vacas, y nosotros lentamente regresamos a casa. En la puerta nos recibe Elena. Es hora de despedirnos. En los ojos de Ekrem se reflejan los árboles antiguos de la calle principal de Signévichi. Pero parece que losminaretes de Estambul se lo atraigan nuevamente. Ekrem mismo no duda que algún día él vuelva a visitar su ciudad natal.

— La ciudad de Estambul se parece a una mujer: es muy duro vivir con ella y sin ella es imposible, señala Ekrem.

Y si es así, no se puede cancelar una cita con ella. No es cierto?

Artiom Kiryanov
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