El vecino no te fallará

La zona fronteriza de Belarús y Rusia vive siguiendo las leyes de la buena vecindad y la ayuda mutua

La zona fronteriza de Belarús y Rusia vive siguiendo las leyes de la buena vecindad y la ayuda mutua


Al recoger su cosecha, hay que ayudar a sus vecinos. El principio –que sigue la gente de las provincias limítrofes de Moguiliov y Smolensk– ya se ha convertido en una buena tradición. Así que este otoño también en los campos del municipio de Roslavl trabajaban muchos belarusos al igual como rusos.


Dos equipos en las cosechadoras de Gómel, “Polesie”, vinieron de la filial, “Fronteriza” del combinado de pan de Klímovichi para ayudar a los vecinos a finales de septiembre. Según el jefe de la filial “Fronteriza”, Igor Kótikov, su cosecha ellos ya recogieron en agosto y almacenaron sus cosechadoras. Pero no es un problema para nada de volver a usarlas, si los vecinos piden la ayuda.

Con dicha solicitud se dirigió la granja fronteriza, “Iskra”, municipio de Roslavl. Su director, Ruslán Sharov, no oculta: contamos con la ayuda de los belarusos aún en la etapa de siembra. Especialmente sembramos más tarde para que luego pedir ayudar a los cosechadores belarusos, cuando ellos terminan su cosecha. En la granja, “Iskra”, de la cosecha hay que cosechar el área de un millar y medio de hectáreas. Se trata de uno los campos de colza más grandes en la provincia rusa de Smolensk. Pero falta maquinaria: hay sólo una cosechadora. También falta mano de obra.

Ahora, en los campos de la economía además de los mecánicos de la granja, “Fronteriza”, trabajan unas cuantas personas más del municipio de Klímovichi. Allí, ellos se dedicaban a las obras de cosecha del grano. Cuando terminaron, pasaron a los campos rusos. Lo que es beneficioso para todos: para los cosechadores belarusos es el dinero extra y para los rusos es la posibilidad de recoger la cosecha sin pérdidas.

Los cosechadores jóvenes, Alexander Starovóytov y Eugeny Túzhikov, de la granja, “Fronteriza”, por primera vez trabajan en otro lugar e insisten en que Rusia para ellos es como el extranjero. La distancia del pueblo de Buda Kiseliova –donde vive Starovoytov– hasta la frontera es muy corta. A su vez, el pueblo de Zvenchatka –de donde viene Túzhikov– ya es la zona fronteriza. A Roslavl los jóvenes van varias veces al mes. Tienen amigos y parientes en ambos lados.

Además de eso, a Zvenchatka cada año durante el verano viene también el ruso, Vasily Chemísov. Desde hace mucho tiempo el teniente general está viviendo y trabajado en la capital de Rusia, Moscú, pero tampoco olvida a su pequeña patria. Aquí creció. Ahora aquí junto a la casa de sus padres el señor Vasily construyó su propia casa. Cuenta que en su pueblo los belarusos y rusos siempre han vivido juntos. Su madre es belarusa y su padre es de la provincia rusa de Bryansk. Cuando joven, los muchachos locales con sus amigos se iban al vecino pueblo ruso, Serkovka. Los habitantes de los dos pueblos eran grandes amigos, juntos celebraban fiestas, cosechaban el grano y se ayudaban mutuamente. Ayudó también a su pueblo natal, Zvenchatka, Vasily Chemísov. La hermosa iglesia de madera en la colina –que se ve desde la carretera– es su regalo a sus paisanos.

La vecina de Roslavl, Valentina Golovánova, no tiene parientes en Belarús, pero cuenta con muchos amigos.

Antes de la jubilación, ella trabajó en la empresa de lácteos de Roslavl junto con los belarusos de Klímovichi, Krychev y Minsk. Con algunos incluso hoy en día mantiene relaciones de amistad. Dice que en Roslavl se venden muchos productos belarusos. Les gusta más la leche y la crema de leche de Gorki, los embutidos de los combinados de Moguiliov y Grodno, así como el pan de Orsha y Moguiliov.

Hace falta señalar que los vecinos de la zona fronteriza belaruso-rusa tienen mucho en común, no sólo en la economía y la agricultura. Según el presidente del comité ejecutivo del municipio de Klímovichi, Vasily Zakhárenko, ellos juntos cultivan no sólo de pan, sino también crían a los niños. Los jóvenes rusos están estudiando en el colegio de la agricultura en Klímovichi. Los jóvenes belarusos vienen a entrenar a Roslavl, pues en Klímovichi no hay su propia cancha de hielo. Además de eso, los vecinos juntos celebran la fiesta, “Dozhinki”, participan en eventos deportivos, así como culturales. A su vez, en el festival internacional, “Abeja de Oro” –que tiene lugar en Klímovichi– la mayoría de los participantes son también de Rusia. Aquí, en la zona fronteriza, no dividen a la gente en amigos y enemigos, y viven como una gran familia.

Olga Kislyak
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